Matrimonio igualitario

Pese al clamor de algunos sectores, lo que no deja que este tipo de cambios más pluralistas surjan es —lo hemos dicho— el miedo. Nada más. Un temor terrible a que la sociedad sea distinta, a que se rompan las formas convencionales de hacer las cosas, como si los cambios no fueran productivos para las sociedades. El elemento moralista, en este caso, debe ceder ante la libertad individual: el derecho de cada quien a pensar y hacer lo que mejor le parezca con su sexualidad, con su vida en pareja, con su propio cuerpo. Al no aceptar eso, se impone una sola visión del mundo.


LE DA LA VUELTA AL MUNDO EL tema de las parejas del mismo sexo que quieren casarse: las campañas, los símbolos, las fotos de las protestas que se hacen en la calle, el llamado a tildar de irracional su prohibición, los discursos.

En fin, todo. Todo lo que esté al alcance de la mano para manifestar el apoyo a la iniciativa. La última edición de la revista estadounidense Time sacó dos portadas en las que se muestran, en cada una, a una pareja de lesbianas y una pareja de gays dándose un beso. El titular: “El matrimonio gay ya ganó”. Se hace todo, también —y cómo no—, lo que esté a la mano para cerrar filas frente a la iniciativa.

Y le da la vuelta al mundo, justamente, porque es Estados Unidos quien impulsa el debate. El Tribunal Supremo debe decidir sobre dos demandas hechas a un par de leyes que establecen, desde hace unos años, que el matrimonio debe ser entre un hombre y una mujer. A la luz de lo que los expertos dicen —y prevén—, el tribunal tendrá cautela en su fallo y, así como no prohibirá el matrimonio entre parejas del mismo sexo, tampoco lo declarará un derecho constitucional. Puede ser. Podría dejar que los estados federales regulen el tema con la autonomía de la que están investidos. ¿Lo harán? Es probable que sí. El apoyo a esta iniciativa crece en medio de la ciudadanía.

Pese al clamor de algunos sectores, lo que no deja que este tipo de cambios más pluralistas surjan es —lo hemos dicho— el miedo. Nada más. Un temor terrible a que la sociedad sea distinta, a que se rompan las formas convencionales de hacer las cosas, como si los cambios no fueran productivos para las sociedades. El elemento moralista, en este caso, debe ceder ante la libertad individual: el derecho de cada quien a pensar y hacer lo que mejor le parezca con su sexualidad, con su vida en pareja, con su propio cuerpo. Al no aceptar eso, se impone una sola visión del mundo.

Y es miedo. Nada más veamos lo que tiene por decir aquí en Colombia el congresista conservador José Darío Salazar: “El matrimonio gay es una inconsecuencia, atenta contra la familia, pretende imponer una sociedad de parejas del mismo sexo donde se destruirá la familia heterosexual, ese es el trasfondo de todo esto”. Y no. No se trata de imponer un “modelo”, como sí lo hacen quienes pretenden proscribir las alternativas. Lo que se intenta es legalizar una relación entre dos personas. Ese es el real trasfondo.

Aún no estamos preparados, dicen afanosos los opositores. Si no se dan cambios legislativos como estos, nunca lo estaremos. Es por ahí, por esa vía legal, por donde se construyen discursos de tolerancia mucho más incluyentes y efectivos. Una sociedad como esta lo necesita: de esa forma se naturalizan las conductas, se disminuyen los discursos de odio (sin necesidad de censurarlos), se reconocen derechos que, por una u otra vía, ya se están ejerciendo en la práctica.
Acá en Colombia falta por definirse la legalidad del matrimonio entre parejas del mismo sexo. Con todo y que la sentencia C-577 de 2011 de la Corte Constitucional dio un plazo para que, si no se legisla sobre el tema, jueces y notarios deberían empezar a casar a las parejas del mismo sexo.

Hay, pues, que regular. Para que estos funcionarios tengan un mandato legal inequívoco y no se escuden en trabas burocráticas para no reconocer los derechos. Dejemos que la tolerancia gane.

http://www.elespectador.com/opinion/editorial/articulo-413040-matrimonio-igualitario