Nueve de abril: ¡sesenta y cinco años!

En vísperas de una enorme manifestación por la paz, quizá tan grande como la que convocó Jorge Eliécer Gaitán hace 65 años, leo y reescribo: llevamos 65 años clamando, gritando, delirando y matando por la paz. El país está de acuerdo con ella, unos por el camino largo y escabroso de la palabra; otros por el expedito y sangriento de las armas. Está dividido —peligrosamente— entre estas vías.

El eje de la guerra se mantiene firme: la tierra sigue concentrándose; campesinos y colonos son expulsados de sus predios y, con ello, del sistema político. La tierra y la política están íntimamente ligadas. Sin tierra, el campesino cae en manos de los empleadores, de los agiotistas que lo explotan y de los gamonales. En eso se basa buena parte de la estabilidad del establecimiento. El campo ha sido un campo de batalla donde se juega la guerra desde hace 65 años. Desatar ese nudo con honradez por parte de la guerrilla y sin mezquindad por parte del Gobierno es imperativo.

Los partidos copan el aparato, lo manejan a su amaño —siempre respetando las reglas de juego de la banca mundial—, y los empresarios se vuelven socios dóciles de las multinacionales, mientras en las zonas campesinas se intensifica la acumulación de riqueza, cuyo secreto es el despojo de tierras, de trabajo, de bienes. En el campo —sobre todo en las zonas de colonización— la sangre sigue corriendo; la coca ha sido sustituida por la extorsión que implica a todos los “actores armados”, incluidas, por supuesto, las miles de “manzanas podridas”. Es el alimento irregular de la guerra irregular. La maquinaria está tan bien armada, tan sólida, es tan eficaz para gobernar, que es difícil para los ideólogos del establecimiento imaginar un aparato más poderoso y útil. El costo de acomodarlo a nuevas reglas les suelta la tripa, les da vértigo, “bascas les suscita” y disparan sus lenguas de plomo a lo que se mueva, al que no comparta su causa heroica. La guerra no es el único problema del país, ni todos los asuntos se resolverán con la paz, pero hoy por hoy, es asunto de vida o muerte.

El país entero debe salir el 9 de abril, Día de las Víctimas, a defender la brecha que se está abriendo en La Habana. El Gobierno también debe marchar a tomar una posición irreversible. A Santos no le queda otro camino que defender sin ambigüedades la carta de arreglo que puso sobre la mesa, botar las cartas quemadas y enfrentar la reacción de la extrema derecha, que se prepara con todos los fierros. El tiempo se agota. Uribe, los intereses creados y el ejército de las manzanas podridas no le darán tregua. Carlos Flórez lo dijo: “A la paz le falta calle”. No puede seguir siendo un cuchicheo entre bambalinas ni una partida de póquer en la trastienda. Que este 9 de abril se rasguen las cortinas y que sepamos a qué está dispuesto el presidente. No puede jugar a dos bandas, sacándole ventajitas —costosísimas— a las Farc para ponérselas en bandeja de plata a los uribistas —y a los urabeños—.

Punto seguido. El 8 de abril se conmemora el “Rom”, día del pueblo gitano. Tengo un profundo afecto por ellos desde cuando los conocí en sus carpas, montando sus caballos y trabajando el cobre. Dalila Rromni, una de sus bellas y delicadas mujeres, me envió un poema muy oportuno: “Nosotros nunca hemos usufructuado nada de los recuerdos de la muerte, del holocausto, somos un pueblo indefenso, sin ánimos de volcarnos al pasado para obtener recompensas a costa de nuestro dolor. No tenemos héroes reconocidos, ni odios heredados. Nuestra paz no se habla, se siente y se vive como amor a la vida. No nos ven, pero en nuestro cielo mil estrellas alumbran. Somos un espíritu errante al que basta el cielo y la tierra para caminar; no nos apropiamos del fulgor de una estrella ni del viento que mueve las hojas. No tenemos reglas, respetamos los acuerdos”.

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