El corte de palma por dignidad, es como la expulsión de los mercaderes del Templo

Primero

Ante las “autoridades” de este estado colombiano, que usan de sus fuerzas militares y de policía para custodiar las plantaciones de palma aceitera en el Curvaradó, sembradas sobre la sangre de afrodescendientes y mestizos, sobre los despojos mortales de mujeres, hombres y niños que descansaban en el campo santo, sobre las ruinas de caseríos enteros, queda el recurso a la ética, a la acción directa de dignificación.


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Ante las actuaciones administrativas de instancias del gobierno como el Incoder, que usa de los procedimientos legales de que disponen para dilatar la obligatoria devolución de tierras que le correspondería diligenciar por la ocupación de los territorios colectivos del Curvaradó, queda la acción de los indignados propietarios de los que el poder estatal y paraestatal, con faz desmovilizado, se burla.

Ante las negativas del gobierno nacional de posibilitar los retornos de las comunidades y familias desplazadas a las tierras que les pertenecen y ante la ausencia de actuaciones efectivas, de las mismas instancias, para impedir a palmicultores, ganaderos, madereros, vinculados con el paramilitarismo el uso de esas tierras, en contra vía del derecho de igualdad ante la ley, queda el recurso a la acción directa de dignificación, a la acción de hecho dentro del derecho.

Ante la impunidad de los trámites burocráticos de la Superintendencia de Notariado y Registro, que se resiste a revocar las resoluciones que entidades bajo su control constituyeron en legales, fruto de los falsos acrecentamientos de tierras que suman mas de 17.000 hectáreas y que afectan propiedades amparadas con el título colectivo, queda el recurso a la acción directa de dignificación.

Ante las mentiras del Ministro de agricultura que por todos los medios de información anunció en el año 2006 que devolverían 22.000 hectáreas de tierras pertenecientes a las comunidades afrodescendientes, que despertaron la ilusión de justicia en las víctimas esperanza que se hizo ruina ante las intensificación de nuevos cortes de bosque para nuevas plantaciones, las maquinarias pesadas hiriendo la tierra para nuevos canales, el transporte de frutos hasta la planta extractora, las fumigaciones químicas sobre las palmeras, queda la indignación activa de la acción directa sobre las plantaciones.

Ante la destrucción de 54 especies forestales y 68 especies faunisticas y la remoción de cerca de 4.000.0000 metros cúbicos de tierras para canales de drenaje, rompiendo la turba y liberando Co2 a la atmósfera, en una de las zonas mas densas en biodiversidad del mundo, queda el recurso del corte manual de palma aceitera, como una acción directa por la dignificación de los sujetos habitantes ancestrales y legales de esas tierras, por la sobrevivencia de los territorios biodiversos del planeta convertidos en mercancía.

Segundo

Un acto de indignación, de inmenso contenido ético y que está en la matriz de toda la tradición cristiana, en la que se podría inscribir la acción directa por la dignificación de la vida y los territorios del Curvaradó, es el protagonizado por Jesús con relación al templo de Jerusalén.

Según el relato de los Evangelios Sinópticos Jesús llegó a Jerusalén ingresó al templo y comenzó a echar fuera a los compradores y vendedores. Con sus propias manos, volcó las mesas de cambistas de dinero y los puestos de vendedores de palomas e impidió, en ese momento, que la gente transportara cosas por el templo. El relato pone en boca de Jesús un texto de la tradición judía en el que se decía “Mi casa será llamada de oración para todas la gentes” y Jesús culmina, “pero ustedes la convirtieron en cueva de bandidos” (Cfr Mc 11, 15-17, Mt 21, 12-13, Lc 19,45-46). De acuerdo con los sinópticos, la razón de la acción de dignificación de Jesús es que esa que debía ser una casa de oración fue convertida en casa de ladrones.

En el evangelio de Juan, Jesús encontró en el templo a vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados; arma un azote de cuerdas y a todos los arrojó del templo, con objetas y bueyes, derramó el dinero de los cambistas, derribó las mesas, pidió a los vendedores de paloma que las quitaran de allí y exigió “no hagan de la casa de mi padre una casa de mercado” (Jn 2, 14-16) . En esta versión, se va más allá en la explicación de las razones de la indignación de Jesús: el que el templo se haya convertido en escenario de compra venta.

Es conocida, tal como lo ha transmitido la tradición, la contradicción de Jesús con el templo y la sinagoga como lugares de culto ordenados por la ley, por que descuidaban a las mujeres y hombres excluidos, por haberse convertido en símbolo de la desigualdad. Dominic Crossan (Jesús: Vida de un campesino Juadío, 412), asevera que lo que hizo Jesús con esa acción fue la destrucción simbólica del templo, al destruir las prácticas en el admitidas: las operaciones de los cambistas, las compraventas efectuadas en los atrios “todas esas actividades constituían el aparato absolutamente imprescindible de la función fiscal y sacrificial del templo”.

Crossan, uno de los mas acuciosos estudiosos del Jesús histórico, en relación con la posibilidad que esta acción haya sucedido realmente, mas allá de los textos en la que la hemos recibido, manifiesta: “No estoy muy seguro de que los campesinos galileos pobres acudieran regularmente al Templo con motivo de las festividades. Me parece más bien bastante posible que Jesús fuera una sola vez a Jerusalén y que el igualitarismo espiritual y económico que predicaba en Galilea provocara un estallido de indignación (negrillas nuestras) ante el Templo, en su calidad de sede y símbolo de la mayor desigualdad, de los elementos de patrocinio y opresión existentes tanto a nivel político como a nivel religioso. La destrucción simbólica del Templo por parte de Jesús venía simplemente a actualizar lo que ya había venido diciendo en sus predicaciones, lo que ya había llevado a cabo con sus curaciones, y lo que ya había realizado en su misión de comensalía abierta (P. 415)

Y… Tercero

El estallido de indignación de Jesús, es el que nos permite ubicar la acción directa de dignificación ante la siembra de palma aceitera. Afrodescedientes y campesinos que solo han querido vivir en sus tierras, mantener la interacción tradicional con las aguas, los animales, las especies vegetales y la fauna, han sido asesinados, desaparecidos, torturados y desplazados, sus tierras ricas en biodiversidad, convertidas en una inmensa mancha verde de palma aceitera, impuesta por el poder empresarial, militar, paramilitar que han convertido ese lugar de vida, para los propietarios, para el planeta, en una cueva de ladrones y en una despensa de aceite para el mercado de comestibles y, probablemente, de los biocombustibles.

No se puede negar, como lo dijo en su momento el jesuita asesinado por el Ejército salvadoreño Ignacio Ellacuría, que aún en la interpretación más benigna y espiritualista Jesús arremete con la fuerza física contra la casta sacerdotal que se lucraba de aquel negocio llevado por gentes modestas.

En nuestro caso, el corte de algunas hectáreas de palma aceitera en el Curvaradó, es también un símbolo animado por los dignos resistentes de esas cuencas, de la posición a la sustitución de biodiversidad por monocultivos, como la palma la soya, el maíz, la teka, el plátano, o peces como en el caso de la Perca del Nilo que mató todos los demás en el lago de Vitoria en Tanzania Africa, el mas grande lago tropical del mundo.

Es también un símbolo de la destrucción del “Templo” mercado y del deseo de otro mundo posible, como se viene deseando en los foros sociales mundiales, pues detrás de la acción de destrucción de algunas hectáreas de palma aceitera, hay propuestas, Zonas Humanitarias para la protección de la vida concreta de las mujeres y hombres resistentes, y Zonas de Biodiversidad para la recuperación y protección de la vida natural, distinta a la humana.

También es símbolo de la oposición global a las políticas y leyes que matan a hombres, mujeres y biodiversidad. Dice no a las decisiones administrativas que solo pretenden dar piso legal al despojo; dice no a las resoluciones que pretenden cubrir con el manto de la impunidad la apropiación a favor de los victimarios. Dice no a la cómplice pretensión de instituciones, aún eclesiásticas y de solidaridad, de pactar con los victimarios bajo el eufemismo de las alianzas estratégicas como modo de legitimar el despojo y asentar el olvido ante los crímenes.