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Y dos meses después, regreso al ariari, regreso en dignidad…

COMUNIDAD CIVIL DE VIDA Y PAZ,
en defensa de la vida y el territorio del Alto Ariari

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Esas lágrimas y sonrisas, esas palabras ocultas y vueltas a decir hablan de las secuelas del terror, la memoria reprimida que rastrea casi medio centenar de años de destrucción, de persecución, de aniquilamiento entre las que se hilan esperanzas.

Nombrar el Ariari es nombrar memoria de destierros y de tierras. Una y mil prácticas de afirmar, de resistir con la propia tierra. Es nombrar la historia de habitar un espacio, un lugar para la existencia, con sueños societales y políticos. El Ariari es un territorio de imaginación.

El territorio de colonización de los 50 y 60 fue lugar de protección, espacio de acogida, salvaguarda de ideas y propuestas, de necesidades aún insatisfechas por los gobiernos, pero realizada por la persistencia de sus pueblos, la reforma agraria. El Ariari habla de las razones mismas del conflicto armado interno, de la distribución inequitativa de la tierra, de los exilios forzados en una guerra desigual, asimétrica.

El Ariari guarda en la inmensidad de paisajes, de follajes, de aguas, la paz frustrada de los 80. Debajo de sus tierras aún están las fosas comunes de eso años y los de este siglo. En sus ríos se encuentran cadáveres de este tiempo y en maquilladas haciendas, los templos de la inquisición, de la tortura y la desaparición forzada. En las carreteras asfaltadas y polvorientas, los retenes, el bloqueo, el control de la población simulado de democracia, algunos mojones de la sangre derramada por una dinámica de exterminio de la oposición política como fue la Unión Patriótica, UP.

En sus diversos pisos térmicos desde el pie de monte hasta los picos que se pierden en neblina riquezas inexploradas y otras que se empiezan a desentrañar mientras a los habitantes de la tierra, los que la colonizaron, los que la habitaron, los que la cuidaron, los que la amaron, se les desplaza, se les persigue, se les extermina.

El regreso de 23 familias, de más de 700 que han sido desplazadas forzadamente desde el 2002 en desarrollo de operaciones militares de la Brigada 7 es la memoria de la dignidad en la tierra, en la propia habitación de un espacio. El regreso al Ariari es la recreación de los años 50, de los ancestros aún vivientes, sobrevivientes, venidos del Tolima, el Valle, Antioquia, Cundinamarca, Nariño, los que abrieron trocha buscando la tierra, un lugar por habitar, un lugar para trabajar, un lugar por amar, un lugar para sobrevivir, un lugar para resistir.

Ese sábado 18 de marzo 44 mujeres, la mayoría cabeza de hogar, 45 hombres entre jóvenes y adultos mayores, de ellos la mitad son niños y niñas, rompiendo las ataduras del terror volvieron a una Zona Humanitaria en el alto Ariari, en la vereda El Encanto, municipio de El Castillo, departamento del Meta, a pocos metros de Puerto Esperanza.

REGRESARON, no retornaron, porque no han llegado a sus propias fincas, a sus propias tierras de las que se alimentaron, de las que aprendieron. REGRESARON, no se reubicaron ni retornaron. No se reubicaron por que no negociaron, por que nada cambiaron ni una tierra distinta donde vivir ni en la ciudad ni en el campo, solo REGRESARON a su inmensa región. No retornaron porque no han ido a habitar aún al lugar del que salieron violentamente, la propia tierra, por eso solo REGRESARON a la región que envuelve sus tierras.

REGRESARON a pesar de la guerra, a pesar de historias de horror. REGRESARON, a pesar de que la guerra sigue, de que allí en la región están las FARC EP tanto como está la estrategia paramilitar y la estrategia regular del Estado, es la guerra militar. REGRESARON aunque venga la persecución injustificada o falsamente sustentada en la movilidad de la guerrilla. Su presencia siempre ha sido una disculpa bajo la cual se desató y se desatan persecuciones contra la población civil –organizada o no- o contra la oposición política en los 80 de la Unión Patriótica y hoy lo que quedan de los restos de este genocidio. Desde el 2000 la persecución se extendió contra pobladores que persistieron organizados, el blanco militar fueron aquellos que se negaron a salir después de los embates de los 80, de los 90… a comienzos de 2002 a las prácticas de tierra arrasada no fue posible aguantar más en el Territorio.

El Ariari sabe de la barbarie, sabe de los abusos de poder, sabe de las infracciones al Derecho Humanitario, el Ariari sabe de la guerra y los que regresan saben de la paz con dignidad.

Después de más de tres años de desplazamiento forzado, un grupo inicial de familias de la Comunidad Civil de Vida y Paz se arriesga a REGRESAR. Afirman sus Derechos a la Vida y al Territorio. No esperan nada del gobierno aunque lo han exigido, pues de este solo esperan mentiras, destrucción, persecución. No esperan nada del Estado solo creen en su propia fuerza moral, en su conciencia, en sus organización en un Proyecto de Vida, en los lazos de la solidaridad. No pueden esperar nada cuando el gobierno ha creado un Estado de Hecho.

El Ariari sabe de la Solidaridad. Solo creen en ellos, en el principio de la solidaridad, en ese mismo sentido impreso también tal vez, en nosotros porque ellos evocan nuestro sentido más profundo del nosotros, porque ellos son sujetos que se afirman, más allá del haber sido víctimas. Ellos regresan por que es necesario volver a la raíz, al lugar habitado, al lugar extrañado, al lugar donde es posible existir, donde concurre la dignidad.

ADJUNTO RELATO DEL REGRESO AL ALTO ARIARI

SÁBADO 18 DE MARZO.
En Villavicencio desde muy temprano las familias de la Comunidad Civil de Vida y Paz empacaron como objetos sagrados en costales: ropa, ollas, sartenes, camas, y prendas de ropa, Cada objeto es una historia, es memoria. Uno a uno atravesaron las calles embarradas y polvorientas del barrio de invasión “La Nohora”, era tal vez su último recorrido como desplazados, todo iba siendo depositado en un viejo camión, era un adiós por caminos de resistencia.

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Desde “La Nohora” en caravana por tierras en donde se percibe la fiesta tensa del terror, lo que llaman algunos, la cultura “paraca”, pasaron por uno y otro poblado Acacias, Guamal, Cubarral, El Dorado, Pueblo Sánchez, ingresando a jurisdicción del municipio El Castillo, al corregimiento de Medellín del Ariari y Puerto Esperanza. Una y otra mirada a lado y lado de la carretera captaba el tiempo de la guerra, ha cambiado mucho el paisaje, nuevos pobladores están allí, otros viejos habitan de la desconfianza, el miedo es su único sostén o tal vez lo que hace que exista la esperanza.

En Puerto Esperanza, pueblo fantasma, humea sueños frustrados, escucha pasos destructores, ventea los signos del odio y la prepotencia. Entre las casas caídas, el rastrojo creciente, entre espacios de ecos, de las instalaciones abandonadas del que fue el mejor colegio de la región, un pasado presente, rastros de la guerra paramilitar, muestras de lo institucional sometido a su propio invento.

Puerto Esperanza, el espacio del vacío, el lugar de lo ausente, allí la alegría irrumpió en rostros de la espera. Más de 60 campesinos de la región, sacerdotes, religiosos, carteleras, pasacalles, cantos, y silencios de profunda plenitud se entremezclaron. Un segundo momento de cascadas, abrazos campesinos que en segundos cambiaron por instantes, la desazón que ocupa el vacío, que ocupa a Puerto Esperanza.

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Vigilantes de todo movimiento, de toda palabra miembros del Batallón 21 Vargas de la Brigada 7, cumplían su función, controlar, vigilar y tal vez luego, castigar. Pero la dignidad se dice sin palabras, y luego de los abrazos, las palabras no fueron necesarias, quienes propiciaron el desplazamiento se hurgaron así mismos, a su conciencia. Luego de caminar unos metros y realizar una parada en la casa de LUCERO HENAO, de donde fue arrebatada con su hijo, como quien hace una estación del Vía crucis, como quien habla sin palabras, ellos oyeron y decidieron quedarse atrás. Su ceguera ideológica su compartimiento doctrinal se vio cuestionado por la simplicidad, por las palabras no pronunciadas que permearon su conciencia, por eso tomaron distancia. No fue necesario decir nada, allí desde esa casa tomo fuerza la indignación, ellos se miraron y lo entendieron todo, se retiraron. Allí quedaron atrás en la caminada de Puerto Esperanza a la Zona Humanitaria.

INGRESANDO A LA ZONA HUMANITARIA. MALLA DE LA DIGNIDAD
A eso del medio día, entre un picante sol ingresaron a la Zona Humanitaria, desempacaron los corotos de la sobrevivencia, la memoria estaba nuevamente ahí presente. Objetos sagrados, los que lograron salvar en el 2002 al saqueo militar paramilitar. Llegaron con sus camas, sus muebles arañados por días de intemperie, en verdad sufrieron el tiempo como sus dueños. Llegaron con las ollas y los trozos que fueron adquiriendo en su día a día en Villavicencio. Era lo poco que lograron volver a adquirir de las ventas de piñas, del juego del chance, de aprender el oficio de ayudantes de construcción y del rebusque

Y vinieron los aromas campesinos que nacían de fuego de leña, las pieles urbanizadas que atravesaron la Malla de la Dignidad eran impregnadas de sabor a tierra. Vinieron los alimentos de tierra prometida con los que crecieron y afirmaron. Una mesa de todas y de todos. Una mesa común entre los que resistieron adentro, en la montaña y en las partes bajas, como lo que han sido, campesinos, población civil. Allí todas y todos los que sobreaguaron a las operaciones de tierra arrasada, a los bombardeos, a las operaciones por tierra, aquellos que no se desplazaron con los que lo hicieron y ahora regresan.

Trovas llaneras, danzas a la tierra y al agua, coplas y refranes populares fueron memoria de lo que siempre los ha unido. Un mismo lenguaje de la dignidad, eran los mismos, la guerra no los logró separar.

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A la caída del sol los rituales de otros pueblos, Allí el pueblo Kankuamo, evocando la madre tierra, las relaciones universales con rituales de la protección trayendo los ancestros. La memoria de lo acogido, de los fraterno entre hombres y mujeres, la fertilidad natural ante los intereses económicos privatizadores. Evocación de lo profundo de lo que hila a los hombres la tierra, de la que se nace, de la que se come, de la que se habita, de la que se baila, de la que es alegría. Espacio de la existencia de los sueños, vivir en medio de la guerra, afrontar la institucionalización del paramilitarismo, descubrir la mercantilización de la vida humana disfrazada de progreso, beber de la fuente de agua, el amor a la tierra. La razón de regresar, de resistir, de volver de enfrentar la apropiación de las tierras, la destrucción del planeta, donde ellos ven belleza los otros ven negocios, petróleo, privatización del agua, esmeraldas.

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Llegó la noche, el tiempo de los relatos del origen, de los epopéyicos inicios de la colonización, el ritual de la palabra sobre el nacimiento. Poco a poco, exhumación tímida entre la piel, entre labios desnudando la historia, la guerra y la paz, las múltiples formas de la resistencia, de la persistencia, la afirmación de lo propio, de lo que nace del alma, la resilencia, lo esencial, lo que no se transforma, lo que permanece ahí a pesar del tiempo, de la piel hecha arrugas.

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Rostros de ayer que son el hoy. 50 años atrás la etapa de la colonización, la búsqueda de la tierra, la habitación, de la siempre amada pero apetecida. Los desplazados de todas partes, los sin tierra de mitad del siglo pasado, los sin tierra abriéndola, labrándola, consintiéndola, amándola. Relatos de la llegada, en la primera violencia. Relatos de amores perdidos entre luchas políticas, el otro amor, la pasión. Deseos desenfrenados de dignidad por la que caminaron, por la que construyeron, por la que organizaron juntas de acción comunal, por las que se ocultaron en noches entre matorrales, de tiempos perdidos o de vidas salvadas, la propia vida y la de los herederos de la tierra. Memoria de vivos y de muertos, juntos en la pasión. Y así, una hora y otra hora y muchas horas de relatos de Cundinamarca, el Pato, Cabrera, el Guayabero…

En la media noche de luna llanera, cesaron por un tiempo las matriarcas y los patriarcas de la memoria, historia de la saga, historia ahora heredada en este regreso. El tiempo del otro sueño, hoy presente.

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En el regreso el tiempo de ayer, razón de la vuelta a la tierra, a esta primera noche.

DOMINGO 19 DE MARZO, Y EL NUEVO DÍA.
Muy temprano, como queriendo huir en las palabras al paso del tiempo, como quien quiere borrar lo imborrable, empezaron los nuevos relatos de la memoria, la segunda y tercera generación, los herederos de la memoria, la de los nuevos amantes de la tierra.

Desterritorialización, cuando ya el amor estaba conquistado, cuando la tierra estaba siendo heredada, la segunda vez de tener que huir, más dolorosa, con tierra pero sin ella, habitada pero desarraigada. En el tiempo nuevo que pasa en el cuerpo, huyendo como hace 50 años, regresando como tal vez la última vez.

Algunos dicen que se llamó la operación “Conquista” la que empezó antes de la ruptura de las conversaciones entre la guerrilla de las FARC EP y el gobierno Nacional, se cruzaron los tiempos de las memorias. Los Bombardeos de hace ya casi 50 años, similares a los de hace cuatro años. El poder no inventa nada nuevo, sofistica lo que ha hecho, la tortura, el asesinato, la desaparición, la mentira.

Narraron los asesinatos de sus hijos, a veces innombrables, por lo doloroso, por lo inhumano, como el de EYDER QUIGUANAS, de 16 años de edad, torturado y asesinado el 29 de enero de 2002 por efectivos militares del FUDRA del ejército. Palabras golpeadas de llanto, mientras sumergían su cabeza en un estanque de peces, saltaban encima de su cuerpo, luego su rostro era estrellado contra las piedras y luego había que ahorcarlo. Y después del suplicio, del asesinato, el parte oficial “dado de baja guerrillero” y aún hoy no se sabe de su cuerpo no se le ha podido sepultar. O la historia de JOHANA VARGAS de 16 años, desaparecida diez días antes, o la historia de OSWALDO MORENO, o de REINALDO PERDOMO o de LUCERO HENAO y su hijo YAMIT o de tantos otros, que en solo el 2003 fueron medio centenar en el municipio El Castillo. Algo había de nuevo en el terror, empezaron con los herederos y con los que soñaron en un regreso.

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EYDER QUIGUANAS

Y entre las palabras, la nueva muerte, la que lo explica todo, los mezquinos intereses por la tierra, el petróleo en Brisas de Yamanes, las esmeraldas en caserío Esmeralda, los nacimientos de agua en la montaña, las minas de cal…. Y tantas más que aún no se sabe, lo único que se percibe en el entorno es el miedo, los fantasmas del olvido, el control parainstitucional y ahí dentro en la Zona Humanitaria, la esperanza… mucha esperanza.

Y llegó la memoria del alimento, ternera a la llanera, el olfato, el gusto se hizo campesino, las brasas, entre el sol picante no cesaron de arder y arder. El fútbol, el juego, la cotidianidad era solaz, era sueño de tierra campesina.

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Y vino el tiempo del agua, del renacimiento, el ritual del volver a vivir. En la tarde, se llegó al río La Cal, donde fluye lo cristalino, lo que se mueve, lo que arrastra, lo que discurre, la memoria viviente. Tiempo de la iniciación de la heredad, entrega de la historia, de la heredad. El traspaso de la memoria, de los abuelos a los niños y niñas. El que se sumerge en las aguas que cruzan por el Ariari regresa, vuelve y se queda. La memoria fluyendo en las nuevas generaciones, pactando la solidaridad.

Cayó la tarde. Antorchas encendieron la memoria en la Zona Humanitaria. Entre llamas se montaron los cimientos de un nuevo lugar, un espacio para protegerse del olvido, espacio sagrado para la memoria en la que están desde esa noche quedando inscritos uno a uno los nombres de quienes fueron asesinados, desaparecidos, torturados.

Un monumento anclado en las raíces del árbol que abriga; que se mantiene en pie, que habla de lo imprescindible, de lo imperecedero….

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Cimientos de la memoria de las vidas y de la solidaridad CAPICUA. GUADAUCA, RED DE ALTERNATIVAS, MADRES DE LA PLAZA DE MAYO LINEA FUNDADORA, MST del BRASIL, PUEBLO MAPUCHE, PASC, entre otros… Cuando todo parece terminado, aniquilado, controlado, cuando parece que la historia la cuentan los vencedores, los criminales, surgen las palabras de las víctimas, los sujetos silenciados. Sus nombres vuelven a aparecer porque ellos pasan en la historia, permanecen, perviven en la piel, en el alma, en el sentimiento, en la palabra, en las luchas y resistencias, como otro signo de la memoria. Otro lugar que habla de la verdad real, la de los Crímenes de Estado, la memoria de la persecución y del exterminio. La memoria de esta guerra aun presente. La memoria de este olvido. La memoria del genocidio…

JOSUE GIRALDO, MERCEDES MENDEZ, PEDRO MALAGON, JOSE ANTEQUERA, MANUEL CEPEDA, DELIO VARGAS EYDER QUIANAS, JOSÉ DELFÍN ESPINEL, EVER CARVAJAL, JOHANA VARGAS BUSTOS, OSWALDO MORENO, MARIO CASTRO BUENO, YISEL GOMEZ y DAIRO DAESA, GUILLERMO CLAVIJO, FERNANDO TIQUE, LUIS EDUARDO SERNA, ANDRES PAZ PEREZ, HANLETH PAZ PEREZ y JOSE EFRAIN PAZ PEREZ, LUIS SANCHEZ, HÉCTOR PULIDO, NELSON GOMEZ, EZEQUIEL HUERTAS CASTAÑO y LUIS MIGUEL GUTIERREZ, RODRIGO GUTIERREZ RAMOS, LUIS ARNOBIS GONZALEZ CHALA, POLIDORO REAL BUSTOS, ALFONSO CRUZ, JESUS CORTES, WILSON PUERTAS, ARSENIO QUINA y GUILLERMO CLAVIJO, ANTONIO ROCHA, ABDÓN VEGA, HÉCTOR JAIR LONDOÑO BERMÚDEZ, ALIRIO BARRETO, OCTAVIO FLOREZ, SILVADO SANABRIA PIÑEROS, MILLER BRICEÑO y OMAR BRICEÑO, PEDRO TORRES, CARMEN PARADA GONZALEZ, REINALDO PERDOMO, RAMON DELGADO y ELIAS FAJARDO, DAVID CUTIVA ORTIZ, DAVID HUMBERTO VALLEZ, AMPARO SÁNCHEZ, PIOQUINTO HERNÁNDEZ y HUMBERTO HERNANDEZ, DOMINGO CARDENAS y REINALDO SALINAS, PEDRO COLLAZOS, JUAN CARLOS GUIZA, MARÍA LUCERO HENAO y su hijo YAMIT DANIEL HENAO, JOSE YIMIR PAEZ, VICENTE SILVA, ISIDRO y NATIVIDAD GUTIERREZ, EUGENIA ROMERO MENDIETA, ARTURO TRUJILLO, GIOVANNI MOLINA, MIGUEL CARO, JAIME MORENO, ALBERTO TAPIAS, ALCIBIADES PIEDRAHITA… y tantos nombres más…

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Horas y horas de pintura, de nombrarlos, de evocarlos, de llamarlos con sus sueños y los sueños de la Comunidad Civil de Vida y Paz, con los propios sueños, interminable tiempo y espacio de la exhumación. Sus nombres. Sus vidas fijadas. Hechas palabras. Hechas canciones.

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Y pasó la noche, ésta tomo cuerpo con el frío, no cesaron las llamas, permanecieron en finura sensación de danza y de verticalidad. Como los principios. Como lo innegociable. Como la pasión por la vida digna. Llameantes como las victimas en este tiempo de sombras, de oscuridad

Lunes 20 de marzo, allí quedaron los que regresaron, los primeros, los que decidieron enfrentar el miedo, afrontar al terror, los que empezaron a revivir los sueños, los nuevos tiempos del porvenir: Tiempos que vendrán cuando cese el horror disfrazado de paz, cuando la justicia infestada de crimen se transforme en vida de la memoria.

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Allí quedaron los relatos. Los rituales y los cuerpos con vida de los ancestros, la memoria de la primera colonización. Allí quedó la nueva música, la danza de la vida. Allí quedaron los primeros amantes de la tierra y los herederos, los nuevos, las nuevas generaciones, juntos con sus acompañantes nacionales e internacionales.

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Allá en la Zona Humanitaria quedaron haciendo bellas las utopías, haciendo creíble la posibilidad de la justicia. Allá regresaron donde es el tiempo de su historia, de la tierra. Allá llegaron a crecer en su amor, a construir desde lo derruido, a contemplar la memoria, a proteger el territorio, a sembrar la vida, lo único posible ante la muerte, ante la guerra, ante la injusticia. La vida allí reconstruyéndose desde esa Zona Humanitaria de la Comunidad Civil de Vida y Paz.