Y las víctimas lloramos, pero también soñamos

En el Jiguamiandó y el Curvaradó lloró la selva. Y el Cacarica simbroneo. Y en Dabeiba tambien se lloró y el Cauca y el Meta, y en el Valle y en el Putumayo, ORLANDO. Llora la naturaleza.


Se llora no por la palma creación divina. Se llora por la palma implantada con terror en Territorios de altísima biodiversidad. Se llora porque bajo el lema del progreso y de los planes de biodisel se destruye con sangre, con fuego, con crímenes de Lesa Humanidad a los afrodescendientes. Se llora no porque la palma sea el mal. El mal está en los que deciden imponiendo. En los que deciden matando, en los que deciden engañando. Las lógicas de perversión del poder para maximizar sus ganancias no la protección del planeta con producción de biodisel. Los lenguajes ecologistas de la sustitución de carburantes oculta que las políticas públicas no son democráticas sino autoritarias, no son protectoras si no destructoras, son de hecho y no en Derecho

Lágrimas del cielo, de niños, mujeres y hombres, todo salía del corazón. Hasta los acompañantes cayeron en el mar del llanto. El silencio era la única palabra. La mente envuelta en desazón. Ires y venires. Las Zonas Humanitarias padeciendo, extrañando, clamando. Ellos de piel negra, de mestizos y también de indígenas creían que su voz llegaría a otro país, aquel en que se definen las vidas de millares de seres humanos, buscar tal vez las puertas del Banco Mundial o de las oficinas del Departamento de Estado. Hablar con nombre propio sin rodeos, la propia voz… pero no fue posible, buscar la solidaridad el hermanamiento, la presencia de las iglesias de los Estados Unidos para llegar al sitiado Jiguamiandó y Curvaradó. Allí en el Norte buscando nuevos espacios de la palabra libre, como se hizo libre ante el gobierno Nacional exigiendo el cese de la siembra de palma, el recrudecimiento de las amenazas, la destrucción de las Zonas Humanitarias por la Brigada 17, el anuncio por estos mismos agentes de las próximas muertes violentas de los afrodescendientes, de sus acompañantes nacionales e internacionales. Allá en USA buscando afirmar el Derecho a la Vida ante una estrategia cruenta, bárbara que no contempla principios que no contiene razones que solo se construye desde la ambición.

Pero esas palabras nunca sonaron, se escucharon desde la desaparición, desde la muerte. Y en Usa también se lloró. Las palabras de ORLANDO vivieron aunque se creían que estaban muertas. Las palabras crearon un mundo posible. Las palabras eran de dignidad. Las palabras de los pueblos afrodescendientes, del Jiguamiandó y del Curvaradó, del Cacarica, del Calima y del Pacífico.

El territorio es dignidad, es palabra de existencia en el Chocó y en el Cauca. A pesar de los muertos, de los desaparecidos, de los indígenas golpeados en la recuperación de sus tierras, de sus derechos en el sur del país. Todos los dolores, los escepticismos, las derrotas, las aniquilaciones todas se juntaron, se unieron y hablaron de los sueños. El derecho a la verdad, a la justicia y a la Reparación es razón de vivir, de creer, de existir… a pesar de que todo es mercancía. Aunque ante nuestros ojos no pase nada, si no simplemente el despojo violento o el despojo legal con leyes de tierras, con leyes de madereras, con leyes mineras, con leyes de aguas, la muerte indigna e injusta. Las leyes del mercado no son las nuestras. Ni la impunidad ni esta democracia vestida con autoritarismo /libertad de esclavos/ Democracia que solo habla de guerra. Que solo vive de la ausencia de los mínimos humanitarios, que se sostiene en la paz sin dignidad, en el cementerio de los sueños. Por eso lloramos, pero también soñamos, nos juntamos, nos unimos intentado preservar la biodiversidad y la memoria ante la impunidad.