Topo virus

¿Puede un virus ser un topo?

Entre los tres días anteriores que fue escrito este artículo de Carlos Alberto Ruiz Socha, a su publicación hoy (https://rebelion.org/puede-un-virus-ser-un-topo/), han pasado en Madrid más de setecientos muertos por el virus. Lo que nos indica algo básico que un niño de cinco años entendería: la vida es dinámica. La muerte también. Y contra las idea disgregada incluso entre progresistas, de que poseemos todo el tiempo para cambiar y que el mundo permanecerá esperándonos, que esto no es más que una corta cuarentena para volver a nuestro modo de vida y normales pulsaciones, habría que luchar radicalmente para decir que no es así. En ningún lugar.

Mientras abajo somos por lo general pasivos espectadores, en la casta política y empresarial dominante en países como Colombia, allá arriba con unas migas de donaciones y subterfugios gestionan la propagación de su legitimidad; refuerza esa élite cómo no perder el negocio que le genera sus riquezas: vivir de las necesidades de las inmensas mayorías desposeídas.

Da verdadera repugnancia leer a Uribe Vélez cómo pontifica hoy sobre qué hacer ahora, cuando él fue quien promovió la más criminal entrega de la salud a empresas privadas, dejando a millones de colombianas y colombianos sin  atención médica universal. Miles llegaron moribundos y allí quedaron en las puertas de hospitales.

La existencia humana es finita. El planeta lo es. Tiempo y espacio tienen límites. Asimismo la acción nuestra. Tenemos entonces cada uno cada vez menos tiempo, y como claramente no alcanzaremos a ver lo que soñamos en alguna utopía, al menos debemos trabajar con la intensidad de la resistencia de hoy por un cambio futuro plantando reflexiones con sentido de emergencia, por transformaciones posibles y urgentes que hagan de este globo una casa común, y que lo que sobrevenga igualmente sea colectivo, o sea lo que en teoría política podríamos llamar democracia real  y transición rebelde o revolucionaria.

Dos hombres miran la misma cosa. Es la foto publicada del  ensayo. Un virus. Un proceso. Para uno puede ser una oportunidad. Para el otro igual, pero distinto. Piensa el hoy famoso filósofo         surcoreano

Byung-Chul Han desde Berlín (“La emergencia viral y el mundo de mañana”:

El virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución… No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y  nuestro bello planeta”.

Byung-Chul Han critica al filósofo esloveno Slavoj Žižek, quien evoca un nuevo comunismo, una especie de salto hacia adelante. Se equivoca Žižek, dice Han. “Nada de eso sucederá… tras la pandemia, el capitalismo continuará aún con más pujanza”. Podría ser incluso que fuésemos hacia atrás.

Este ensayo del abogado Carlos Alberto Ruiz Socha, usa la metáfora del Topo, presente en el horizonte teórico de la izquierda marxista, para sumar a un debate sobre lo que vendrá después de aplacar al coronavirus; una cuestión que se ha politizado, en la que predomina el tratamiento a la pandemia utilizando los Estados y gran parte de la ciudadanía conceptos relativos a la guerra.

Ruiz Socha lo hace acá, pero incursionando diagonalmente con la pregunta sobre el derecho a la rebelión y la finitud. Citando sobre todo a Albert Camus y su humanismo rebelde, plantea la necesidad y la fuerza de una toma de conciencia que asocia lo vivido estos días, el conocimiento de lo que el virus en su extensión nos hace evidente, con lo que la misma rebelión señala: por su lógica y sus estragos ya es éticamente insostenible el capitalismo neoliberal, su devastación del medio ambiente, la privatización de los servicios como la sanidad y la corrupción que entraña. Como en una insurrección, debemos pensar y hacer lo que esta oportunidad -el acontecimiento inesperado, el Topo- nos demuestra: el proceso de solución sólo es posible imponiendo límites perentorios a la voracidad criminosa del reinante sistema de opresión.

¿Puede un virus ser un topo?

Por Carlos Alberto Ruiz Socha | 23/03/2020

“El mal que sufría un solo hombre se hace peste colectiva. En la prueba cotidiana que es la nuestra, la rebeldía representa el mismo papel que el cogito en el orden del pensamiento: es la primera evidencia. Pero esta evidencia saca al individuo de su soledad. Es un lugar común que funda en todos los hombres el primer valor. Me rebelo, luego existimos”

(Albert Camus, “El hombre rebelde”, 1951).

1.   Vergüenza, justificación

Han sido siete los muertos la noche anterior, de una residencia de ancianos a dos calles de donde escribo. Sé de otra familia vecina que llora la muerte del abuelo. Y así hasta mil personas en pocos días en este Madrid ya primaveral y en severa cuarentena. Sin contar el drama de la vecina en estado grave: una señora de la edad de mi madre, de ochenta y tantos, que sola y encerrada comienza a resistir al mismo mal en otro continente. Pienso, como otras veces por pudor y vergüenza frente a la tragedia y el dolor, que la labor de escribir debe quedar rotundamente en paréntesis. Peor o mejor aún: el oficio de pensar, el cogito ergo sum (pienso, luego existo) para nuestra vanidad, debe aconsejablemente arruinarse un tiempo. Y proponiéndome incluso una tregua en el de sentir, no logro evadir ninguno de esos tres golpes que da la responsabilidad de ser testigo.

En otros momentos los chistes pueden ser tan bienvenidos como banales. Ahora, abundantes y terapéuticos entre la contabilidad de muertos por una pandemia mundial, arrastran un dilema de conciencia mientras no estemos contagiados. El mismo que produce ya no sólo hacer algún artículo con referencia a la enfermedad, sino leerlo. Hay tanto tan interesante, análisis científicos, por ejemplo los que asocian el virus a la crisis medio ambiental endémica, como hay también verdadera “basura comunicativa”. No me refiero a la ya consumida y reciclada de forma majadera por algunos que refuerzan la creencia de que es un castigo divino, o de los que minimizando o mimetizando lo que ocurre dicen que es una sobreactuación ante otra gripe, o los que proponen sin pruebas que el virus es una creación de Trump desde Washington, o de China contra el mundo. Sino a la basura plástica que quedará tras el festín informativo, haciéndonos creer que hemos sorteado el peligro y que nuestras vidas pueden seguir igual. No será así.

Ese dilema obliga a que cada risa de estos días pague y cada opinión, como la mía, sea ahora más justificada, pues de entrada no es decente politizar esta tribulación. Hacerlo es una suerte de compensación en medio del carnaval de la malaventura. En mi caso, mientras en el encierro y el hastío veo cada hora mensajes de todo tipo que llegan, unos serios, otros haciendo buena y creativa burla, cual reacción bufónica a la peste bubónica, en medio de todo ello, me examino por un cierto deber de arriesgar, al que de tanto presionar cedo. Por eso me disculpo de antemano. Por creer aportar una gota en los mares digitales. Por un modesto punto de vista que consiste en valerme de lo que está saturado en el diagnóstico, para intentar no un trance de conciliación personal sino para palpar una encrucijada colectiva, a la que ya muchos ensayistas e investigadores bienintencionados dedican su reflexión crítica.

Para delinear ésta como deliberación ante estructuras políticas que hacen su negocio con la desgracia ajena, concierne recordar una imagen de beligerancia, como predominantemente se está asumiendo esta nueva cotidianidad. Simplemente cito cómo se multiplica con normalidad la metáfora bélica y cómo de hecho en estos días vivimos una razonable disciplina militar, realidad en la que paradójicamente quedaría proscrita y condenada, ipso facto y para siempre, cualquier rebeldía. Paradójicamente, digo, porque justo es lo que se nos representa en la adversidad del fantasma que recorre el mundo.

Frente a esta pandemia, fue quizás el presidente francés Macron el primero que nombró la palabra guerra (16-3), y al día siguiente y subsiguiente su homólogo español, Sánchez, al hablar en esos términos y de cómo un ejército enemigo ya había atravesado la muralla tras la cual nos creíamos protegidos. Igual que el director de la OMS. Y así una veintena de declaraciones de muy importantes portavoces. Presumimos por supuesto que lo hacen de buena fe: sólo con ánimo ilustrativo y para que nos tomemos todo esto con la seriedad de quien afronta la realidad de la muerte. Luego habrá, no cabe duda, entre filas de políticos oportunistas conservadores, los que pedirán un largo Estado de Sitio y reordenamiento social reaccionario manu militari.

Viendo esa conjugación que ya ha incorporado dichas alusiones, sus parábolas pueden sernos de gran utilidad, porque no sólo son educativas para desentrañar al menos teóricamente los desafíos en la cuerda floja vida-muerte, sino por ser parte de una fórmula de solución política práctica que entrelaza pasado, presente y futuro, un adentro y un afuera, y de forma urgente construcciones de paz social frente a tormentas de conflicto.

Luego de este prolegómeno de justificación, emerge una advertencia: como cualquier palabra ofensiva, cualquier comparación deba ser muy meditada. La que uso radica en hacer un paralelo entre el rostro del Coronavirus y el rastro de una Revolución. No es un chiste. Es sólo una pregunta provocadora: ¿puede un virus ser un topo? ¿Puede ser ésta una ocasión de fuerza liberadora?

2.   Límites, rebelión

Ver en algo similitudes traídas de los cabellos puede llevar a reacciones más o menos fundamentadas. Dirán algunos amigos de la izquierda entre parcelas y cuadrículas impermeables a cualquier vertiente del ecosocialismo: no puede confundirse biología con política. Menos puede equipararse algo funesto con algo noble o altruista. Sin embargo, creo, estamos ante algo que no sólo puede ser legítimamente relacionado sino que debe ser racionalmente vinculado. Y agrego: asimilado con el apremio de la legítima defensa.

Como en días y meses feroces de violencia política, cuando vi caer unos tras otros a compañeros asesinados en Colombia por aparatos del Establecimiento, cifras de decenas que hoy seguimos anotando sin poder romper el silencio cómplice de  grandes poderes que niegan el genocidio y con ello avalan el terrorismo de Estado, con ese mismo pellejo que aún se eriza, estas dos semanas redescubro en esta España de retazos emocionada, cuántas referencias comunes hay entre lo que esa realidad sembró y siembra en miles de almas en aquel país (donde sin parar siquiera en cuarentena siguen matando a activistas de oposición: tres en los últimos dos días), y las secuelas de la Guerra Civil en este otro, lo que dos personas muy mayores comentaban como recuerdos en las filas del mercado del barrio donde habito: escasez, miedo, zozobra, odio a algo, impotencia, resignación. También solidaridad, resistencia, esperanza. Huellas en un inconsciente desperdigado hace unas ocho décadas. Como hoy pasa en Siria, ayer en Gaza, en Libia. Un largo etcétera donde se ha cebado la muerte sistemática dejando redes y condiciones para reproducirse.

Nombrada la muerte, hay que decirlo: este coronavirus per se no es la muerte, aunque mate. Es una sombra que es parte de la vida (Camus dice el final de La Peste:

“¿qué quiere decir la peste? Es la vida y nada más”). Sólo fulmina accidentalmente. Sin embargo se sitúa en un trono con su señal apocalíptica para cientos, allí donde antes el abandono ha anidado: allí donde en lugar de investigar en biotecnología, o de redoblar un sistema sanitario, se han triplicado presupuestos para parlamentarios vagos y mediocres, para autos blindados, tecnología militar o compra de armamento, en detrimento de derechos sociales y económicos.

Como el coronavirus, también las rebeliones se causan, y per se o inexorablemente no son la muerte, sino muy por el contrario: se fundan en el ideario de fuentes de vida y bienestar ante lo estructurado que niega derechos para las mayorías. El coronavirus nos demuestra exposición y transformación, límites en suma. En otras palabras: finitud. Y, contrario a lo que suele venderse como única idea, una revolución, sea “ganada” o no, lo que invoca “con el pensamiento insurgente del amor por lo justo”, no es infinitud para apropiarse de lo existente, sino límites, para que la dignidad humana no sea una y otra vez atropellada.

Como nuestro maestro Franz Hinkelammert nos lo recordaba evocando a Benjamin: “hoy la rebelión es rebelión de los límites… La rebelión es y debe ser rebelión de los límites, a partir de los límites, en nombre de los límites. Que haya límites: eso es la rebelión… Así lo expresó ya Walter Benjamin: ‘Marx dice que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Pero probablemente todo es diferente. Quizá las revoluciones son la activación del freno de emergencia de una humanidad, que está viajando en este tren’”.

Por primera vez en este tiempo de suprema hegemonía o dominio del capitalismo cínico, algo común, esta pandemia, toca a nuestra puerta con efectos en algo semejantes a los de una guerra, cuando podemos presagiar que una situación  extrema nos ha sitiado y estamos ante un ultimátum aplastante. No es una catástrofe nuclear exterior y circunscrita como Chernóbil lo fue en la Ucrania de la URSS (1986) o Fukushima el 11 de marzo de 2011 en Japón. No es el 11 de marzo de 2004 en este Madrid donde siguen faltando los 193 asesinados por bombas sobre las que ya Camus nos invitó a pensar en Los justos (1949), retrotrayendo la repulsa al año 1905, pero representando dicha obra de teatro en 1949, cuando en otra casuística seguían siendo justificadas, como hoy, como parte de la defensa contra el nazismo; no es el huracán Katrina de los EEUU (2005). No es ninguno de los fenómenos tan excepcionales como destructivos registrados en cada país.

Lo de ahora es y será un estado de alarma o emergencia permanente y global, un estado del despertar y la mesura que deberá tensarnos amorosa y constructivamente para el cambio de estructuras, como la compañera Yayo Herrero (“En guerra con la vida”, 3-3-2020) nos mueve con realismo a concebirlo. Un arco que se tuerce, cuya

madera cruje, como Camus lo apuntó, recobrado cada vez más como imagen del puzle que a lo largo de la historia la humanidad se ha negado a encajar por su aspiración de normalidad esquizofrénica, de seguridad absoluta y de dominio total sobre la naturaleza. Lo que ahora rebrota.

Es esa vulnerabilidad de nuestra condición humana e incertidumbre existencial a la que debemos mirar a los ojos, el vértigo en la apariencia de la era de un sujeto-amo y su brío, que es en realidad objeto pixelado; la náusea actual pero precedida de algo arcaico, antiguo, la “intemperie desnuda del origen”, como nos lo recuerda nuestro querido Santiago Alba Rico (“Apología del contagio” 9-3-2020).

3.   Oportunidad, resistentes

Es así desde hace siglos, y es a la vez distinto hoy con el coronavirus, que incluye en su deslizamiento una oportunidad abreviada de ser mejores seres humanos, como esta reclusión voluntaria nos la brinda al candidatizarnos como infectados-necesitados. Es una especie de gracia, un respiro: el virus se extiende generoso mientras hiere, ofreciendo al tiempo su látigo como salvavidas, pues su pisada terrible nos da tiempo de frenar. De pensarnos y de sentirnos. De extrañarnos. De desear el cambio. De exigirlo. Pero no sólo a punta de emociones y emoticones. Sino de política participativa que invierta valores, para poner en la base no la idolatría del mercado sino la vida del conjunto humano y del planeta. Por lo tanto es hora de enseñar las cartas de la lucha anticapitalista. Como cuando una revolución antes de armarse es convulsión o indefensa interpelación al tirano.

Quien no comprende que las y los subversivos antes de ser rebeldes han sido sufrientes o dolientes, por importarles el destino común; quien no ve esas raíces, está llamado a replicar un error: creer con prepotencia que una vacuna de plomo y una fosa son suficientes.

El coronavirus siendo en sí por su designación humana en nuestras reglas una realidad de reto y carencia, en tanto emplazamiento a la biología que no controlamos ni del todo mercantilizamos pese al señorío del capitalismo, es ya una respuesta de la misma a través del microscópico bicho, que, aunque nos aturde como humanidad, nos contesta y nos transporta al mismo lugar de posible lucidez donde nos dejó el gran Albert Camus, uno de los más agudos pensadores de ésta y otras épocas. Es el punto de partida de la superior pregunta que para siempre nos hizo en El mito de Sísifo sobre el suicidio: el único problema filosófico realmente serio. Negándonos a él llegamos a las razones por las que queremos vivir: los amores, las causas, las dichas aplazadas, la mañana, el pan, el atardecer, la flor, el agua, los árboles, el trabajo, el arte, el conocimiento, la noche, el amanecer, la libertad, otra vez la esperanza…

Este coronavirus, y lo que la batalla contra él desencadena, es esa inicial pregunta, en conflicto reformulada. Ya que antes de seguir a Camus, y cada uno de nosotras y nosotros decidir si la vida vale o no la pena de ser vivida, debemos tenerla en ciertas condiciones para elegir con alguna conciencia sobre ella, o sea para ver los caminos, por lo tanto se impone su defensa ante la opresión, o sea la rebelión moral y material como derecho.

El coronavirus converge en la definición que nunca podremos asegurar del todo, pero frente a la cual no siempre podremos aplicar nuestras evasiones: somos débiles y somos potencia, por cuenta de una contradicción. La de no ser ya los mismos en este periodo del desastre cuando se deshojan los blindajes que el capitalismo nos vendió, pues el planeta nos ha demostrado en sus destruidos equilibrios que estamos más indefensos ante la eclosión medio ambiental que hemos causado afuera; y por otro lado, ser los mismos adentro: animales resistentes que portamos una carne vulnerable, que se enferma, que envejece, que muere. Seres que antes que dinero y éxito individual, requerimos cuidado social y que para él aportamos. Esa contradicción tiene otra cara: convenir controles y fronteras políticas por medio de sofismas jurídicos y papeles, cuando en realidad la condición humana desconoce ese faroleo burocrático.

No somos entonces una comarca o una aldea que sufre el desbordamiento de un río. Con un negro titular de periódico dos días. La riada es otra, con otra tinta: no sólo es el universal que nos abarca sino es la sangre connatural que nos apila. Es un diluvio universal inatajable, de siempre, sin Arca de Noé. Un Éxodo sin Moisés. Somos nosotros mismos sin capitalismo que nos salve: la soledad de un alud o de una avalancha que está buscando taponar nuestros pulmones, nuestro organismo, afortunadamente sin que el coronavirus haga distinciones de ADN; es un aluvión desde nuestro torrente que puede rebasar hacia otros, contaminándoles.

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