Lo divino y lo humano ¿“Trabajador” Uribe?

Me ocurrió en Armenia , hace unos años, en la Universidad del Quindío. Estaba por dictar una charla sobre cine y nuevas tecnologías ante una concurrencia de estudiantes, cuando un asistente recordó haberme escuchado en ese mismo auditorio hacía exactamente un año.

No había olvidado yo ese dato, pero sí el tema al que me había referido en ese entonces, de modo que le pregunté cuál había sido, y su respuesta estuvo a punto de provocarme un mareo, pues el asunto tratado en la visita anterior había sido exactamente el mismo que me disponía a exponer de inmediato.

No es que tenga que preparar un ensayo por cada invitación que reciba, ni los anfitriones piden eso. De hecho, me suelen invitar a una ciudad para que hable sobre un tema que me escucharon en otra. Eso es inevitable y para nada ofensivo. Aún así, sobre la marcha, y para no sentirme hablando como por instrumentos, cuando echo el mismo cuento le introduzco variables, le perfecciono los ejemplos y hasta le descubro, delante de los espectadores, aperturas que pudieran poner en entredicho lo afirmado hasta el momento en que se me ocurren. No por eso deja de parecerme irrespetuoso reincidir con una carreta en la misma ciudad, así entre la primera y la segunda vez haya transcurrido un año. En ese lapso, probablemente, los asistentes son otros, pero nunca falta alguien, como el ciudadano aquel, que por no haberse aburrido con el expositor la vez pasada, conserva la curiosidad suficiente como para irle a la siguiente a ver con qué novedad lo sorprende. La sola presencia de ese fiel me intimidó tanto esa tarde en Armenia, que tomé la decisión de cambiar el tema. Pedí una breve espera, y yéndome a un cubículo me saqué de la manga un rollo distinto del que escribí apuntes rápidos y sanseacabó el susto. El recurso lo aprendí de una sentencia de Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.

Lo de “improvisar” es apenas un decir. Un expositor habitual no sólo tiene que manejar un repertorio amplio, decantado por años, sino que los temas más frecuentes debe orearlos según las mutaciones que los afectan, que en estos tiempos son rápidas. De lo contrario el discurso se enteca y quien lo pronuncia termina como un burócrata del saber.

Con los académicos ocurre distinto que con los cantantes. A éstos, el público les exige que interpreten sus canciones de antaño, y si acaso, les soporta que estrenen dos o tres piezas por concierto. En cambio, a los primeros no les perdona que refriten los enfoques de siempre y que no ventilen primicias teóricas cada que se manifiestan. Me parece bien. Hay que estudiar.

En consecuencia, no entiendo por qué el presidente Uribe tiene tanta fama de trabajador. Intelectualmente, al menos, su laboriosidad es más bien poca, cuando de su investidura cabría esperarse una reflexión inédita de vez en cuando. Algo que demuestre que se ha quemado las pestañas, que ha albergado dudas, que ha sentido inseguridades, aunque sean democráticas. Demasiado pedirle. Y la prueba es esa idéntica parla que viene recitando desde hace ocho años, en Mocoa, en San Onofre, en la ONU, en Davos, en Bariloche, en Estrasburgo, etc. No hay virajes en la coyuntura local ni en la del mundo que le sacudan esa trillada sucesión de expresiones como “confianza inversionista”, “cohesión social”, “terrorismo”, “seguridad democrática”, “banca de oportunidades” y “familias (Lacouture, Vives y Dávila) en acción”. Ahí se le acaba el diccionario. Si hasta parece, cada que habla, haciendo karaoke de su propia oratoria. Y al pueblo eso como que lo emociona, lo que quiere decir que lo valora, más que como un pensador, como una especie de Juan Gabriel, sólo que sin el goce que procura Querida. Qué tal el gusto.

En realidad adonde quería llegar era a que somos muchos los que trabajamos más que el presidente Uribe. Y sin dárnoslas de laboriosos ni madrugar tanto.

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Lisandro Duque Naranjo