La primavera de la paz

Quienes quisieron hacer trizas la paz no lograron su objetivo. Pasada la larga noche, inicia un nuevo día que marca el comienzo de la cosecha de lo acordado. Sus frutos, ricos de esperanza y pletóricos de justicia social, serán el legado que dejemos, de un país más amable, para las futuras generaciones.
Guillermo Andrés Pérez / Miércoles 23 de noviembre de 2022

El conflicto armado en Colombia ha sido una cruenta vorágine de violencias fratricidas. Un espiral de tragedias cuyo costo humano recayó sobre las gentes más humildes y su principal motor fue la mezquindad reinante en los sectores más retardatarios del país. Como dijo el propio Manuel Marulanda Vélez, no hay nada más inhumano que la guerra, porque causa dolor, destrucción, muerte, desasosiego y heridas en la sociedad que tardan décadas y varias generaciones en sanar.
Una sociedad es sostenible, dijéramos, digna y gratificante para sus ciudadanos en la medida en que se erradica todo tipo de violencias. Esto incluye la violencia política porque, cualquiera que sea su expresión, está destinada a la eliminación física del contradictor político y no a la solución de las problemáticas sociales y económicas que nos aquejan. Por ello, tras cinco décadas de conflicto armado caracterizado por la combinación de todas las formas de lucha instituida por el Estado desde la primera mitad del siglo XX, en Colombia se perpetuó de forma grotesca la inequidad y la injusticia social.

Cuando se iniciaron los diálogos de paz entre las extintas FARC-EP y el Estado colombiano para la búsqueda de una solución política y negociada al conflicto armado la insurgencia tenía en mente al menos cuatro objetivos: detener el desangramiento de nuestro pueblo; generar condiciones mínimas para el buen vivir de la nación en su conjunto; reconciliar a Colombia por medio de la satisfacción de los derechos de las víctimas; y el establecimiento de garantías para la no repetición. Fue una apuesta ambiciosa. Hoy, a seis años de la firma del Acuerdo Final para una paz estable y duradera se puede afirmar sin lugar a dudas que, a pesar de las vicisitudes, la búsqueda de la solución negociada al conflicto armado fue la decisión correcta. A pesar de las adversidades, de los ataques sistemáticos a la paz y los saboteos de gobiernos contrarios al Acuerdo firmado entre las extintas FARC y el Estado, la paz es indetenible y se consolida como el nuevo proyecto de sociedad y columna vertebral de la modernización del Estado colombiano.

Así pues, asistimos a la primavera de la paz que tanto ha anhelado el pueblo en su sabiduría y en su convicción de derrotar la ignominia por vías democráticas. Por primera vez en la historia reciente de Colombia están dadas las condiciones para cesar la violencia que aún persiste y avanzar decididamente hacia el desmonte de los aparatos de guerra en toda la geografía nacional. Los vientos de cambio que trajo el Acuerdo, sostenido por el compromiso inquebrantable de más de trece mil firmantes de paz en proceso de reincorporación, han abierto las alamedas de la transformación en varias esferas del país. Quizás la más evidente de todas haya sido la cualificación del debate público y el incremento de la movilización social. Gracias a esto hoy Colombia cuenta con su primer presidente progresista y un acumulado de expresiones organizativas que serán protagonistas en la consolidación de la paz y en el acompañamiento a los nuevos esfuerzos que realicen los alzados en armas para abandonar definitivamente su actividad militar.

Quienes quisieron hacer trizas la paz no lograron su objetivo. Pasada la larga noche, inicia un nuevo día que marca el comienzo de la cosecha de lo acordado. Sus frutos, ricos de esperanza y pletóricos de justicia social, serán el legado que dejemos, de un país más amable, para las futuras generaciones.

Fuente: https://prensarural.org/spip/spip.php?article28700

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