La memoria del agua

Antes de que llegáramos aquí el mundo era del agua.


Ella a veces se acuerda y vuelve a ocupar sus antiguos espacios, pero somos nosotros los que tenemos que comprender las leyes del mundo: porque llegamos más tarde y porque lo invadimos todo con una arrogancia que se parece demasiado a la ignorancia, con unas ínfulas de dueños que sólo se nos pasan cuando los elementos reclaman su lugar e imponen una lógica más verdadera.

Todos sabemos que en tiempos casi inmemoriales, la sabana de Bogotá era una gran laguna. Vino un dios o un profeta y rompió los peñascos con su vara, como el Moisés del Éxodo, y abrió paso a las aguas y convirtió la laguna en una llanura de fertilidad asombrosa. Todos deberíamos saber que, después de aquello, mucho tiempo la laguna de Fúquene ocupó todavía una gran extensión de la sabana, y sólo en el siglo pasado industriosos seres humanos avanzaron secando las tierras inundadas y fundando sembrados y potreros. ¿Por qué extrañarnos demasiado cuando vemos que las aguas inundan otra vez la sabana? Ello evidencia que no es la sabiduría lo que orienta nuestro modo de relacionarnos con la naturaleza.

Hubo pueblos más sabios. Los zenúes, de la región de La Mojana, donde se unen las aguas grandes de Colombia, las aguas del Cauca y del Magdalena, ya hace mil años sabían controlar el régimen de las inundaciones y aprovecharlo para convertir las tierras inundables en zonas de cultivo. Quinientas mil hectáreas de canales son testimonio de una extraordinaria civilización hidráulica que, sin ninguno de los recursos técnicos del mundo moderno, crearon ese prodigio de ingeniería que aún sobrevive, siquiera como vestigio de una cultura ejemplar y cuyo trazado los viajeros contemplan desde las ventanillas, cuando sobrevuelan la región de las ciénagas.

Es todo un arte conocer de verdad el territorio que se habita. Los invasores españoles de quienes descendemos despreciaron el saber de los pueblos nativos, fingieron poseer un conocimiento más avanzado del mundo y creyeron trasplantar la lógica con que habitaban las resecas llanuras de España a una de las tierras más pródigas en agua del planeta entero. A esa infatuación de una cultura se deben muchas de nuestras actuales desgracias. Cuántos muertos le debemos a la ilusión de que los europeos, por tener mejores armas, eran superiores a las refinadas civilizaciones americanas que siempre supieron lo más importante: cómo conservar el mundo y cómo vivir respetuosamente en él.

Temo que mi amigo Alejandro Gaviria, quien hace tiempo ya no me refuta, acaso saldrá a decir que la cultura que sabe conservar el mundo es la nuestra, y que los indígenas se dedicaban a depredar y a destruir el entorno. Pero la verdad es que después de veinte mil años de estar estas tierras habitadas por incontables pueblos indígenas, la exuberancia del mundo americano a la llegada de los europeos era asombrosa.

Esta abundancia bíblica de lluvias, muestra de la riqueza hídrica que tiene nuestra región equinoccial, es algo que vivimos como una maldición, pero que en otras condiciones podría ser nuestro orgullo. Más allá de los debates vacíos, la verdad es que ni siquiera Alejandro, un muchacho estudioso y brillante, ignora que uno de nuestros problemas es la falta de apoyo en el conocimiento que tienen aquí la economía y la política. Los economistas planifican, si lo hacen, como si estuviéramos en Francia o en Estados Unidos; y los políticos gobiernan como si no viviéramos en un territorio sujeto a fuerzas y climas, sino en un mapa de inofensivos colorcitos. Los ingenieros construyen carreteras que nunca pueden terminarse, los arquitectos a menudo construyen edificios que no se pueden habitar. Qué se podrá decir de la gente que tiene que improvisar sus residencias o sus cambuches donde se los permite la pobreza, que es el otro nombre del ostentoso capital, su necesario reverso.

Así crecen aldeas a la orilla de los ríos, así viven las gentes esperando desgracias en las llanuras que fueron por milenios del agua, así destruimos los canales de los zenúes para formar haciendas a espaldas de la riqueza natural, así convertimos en potreros incultos la tierra que podría alimentar a un continente. Baste recordar que ya en las Noticias Historiales de Fray Pedro Simón, escritas a comienzos del siglo XVII, hay una descripción minuciosa de la avalancha del río Lagunilla sobre Armero, ocurrida en idénticos términos 350 años antes de que a Armero se lo llevaran nuestra ignorancia y nuestra desmemoria. Ignorancia y desmemoria que en nosotros es una culpa, pero en los gobiernos es un crimen.

El presidente Santos, que parece querer pasar a la historia, y gobernar para la gente más que para los titulares, haría bien en no dejarse aturdir por las urgencias del día a día y, sin descuidar las imperiosas tareas de la solidaridad con las víctimas de este invierno desastroso, pensar con grandeza a largo plazo, pensar en la enorme necesidad de conocimiento aplicado que tienen estas tierras nuestras para convertir en prosperidad este tesoro de aguas inagotables que deberían ser nuestra bendición y que por culpa de la imprevisión se nos convierten cada año en el juicio final.

Colombia no puede estar condenada a cambiar sin cesar de tema de sus quejas, de la violencia a la intemperie, de la corrupción a la avalancha. Colombia no tiene por qué eternizarse en la mendicidad con cada invierno y con cada verano. Colombia es un tesoro confiado por ahora a manos imprudentes y necias. Las mías. Las nuestras.

William Ospina