Hablemos de guerra

Si quieres paz prepara la guerra, reza la máxima atribuida al romano Vegecio. Significa que nada es más importante a la hora de conseguir la paz que entender el significado de la violencia política y su relación concreta con la fortaleza o debilidad de una sociedad. El talón de Aquiles del pensamiento liberal ha sido, precisamente, rechazar la violencia de manera abstracta.

Al tiempo que la rechaza en teoría, en la práctica se sirve de ella para legitimar el ejercicio de formas brutales de violencia. Después del 9/11 y la guerra contra el terror surgió una retórica disfrazada de humanismo santurrón con pretensiones de superioridad; los ejemplos abundan: Irak y Afganistán, pero también la euforia securitista que ha minado las libertades civiles y criminalizado la protesta social en Europa, EE.UU. y en la Colombia furibunda de la década pasada.

Aquí, tal retórica sirvió para legitimar la más brutal violencia contrarrevolucionaria como una respuesta “necesaria” a las Farc y el Eln, causando con ello una confusión moral y política en el seno mismo del Estado de la que aún no salimos. En el resto del continente, alimentada por la desilusión de antiguos simpatizantes de la lucha, como Beatriz Sarlo en Argentina o Petkoff en Venezuela, dicha retórica dio paso a la distinción entre izquierdas modernas o “vegetarianas” y retrógradas o “carnívoras” enunciada por Castañeda y repetida por Vargas Llosa, Volpi, Mario Morales o Plinio Mendoza.

Peor aún, ha contribuido a borrar de un plumazo todo un período de la historia latinoamericana reciente, entre 1960 y 1990. El rechazo moralista de la violencia es comprensible. Optar por ella, aún si se la justifica como medio para la liberar a la mayoría de la opresión y la pobreza, significa aceptar la posibilidad de matar o morir, destruir la propiedad de otros y dividir la sociedad. En este caso, la opción violenta se enfrenta a la prohibición moral del “no matarás”. Existe además una objeción práctica que en el caso de América Latina proviene, con mayor frecuencia de lo que se reconoce, de los partidos reformistas de izquierda: la opción violenta invita a la represión y excluye a sectores populares que de otra manera podrían contribuir a la transformación del Estado.

Sin embargo, para hacer la paz no basta rechazar la violencia. El punto es reconocer que no hemos resuelto la cuestión del Estado y su relación con una sociedad fuerte y participativa. ¿Aceptaría la sociedad colombiana una llave electoral entre Santos y un miembro de las Farc? ¿Escucharemos a los indígenas, por fin? La historia de la lucha armada en las Américas aún está por escribirse.

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