‘Colombia es una contradicción con patas’: Mujica

El de Colombia es un drama americano. Si logramos que esa guerra se acabe, seremos el único continente en paz. No es poca cosa.


“Los que crean, recen por la paz de Colombia”. La exhortación es del expresidente uruguayo José Mujica, un exguerrillero sin religión en el que casi todo el mundo cree.

Este hombre de 81 años, de los cuales pasó 14 en prisión, fue invitado de honor de la reciente Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), celebrada en la capital mexicana.

A diferencia del presidente Enrique Peña Nieto, que ingresó al auditorio del Hilton Reforma con una parafernalia como de estrella de rock, el entrañable Mujica llegó horas después al mismo escenario, acompañado solamente por Gustavo Mohme, director del diario limeño ‘La República’.

Frente a decenas de periodistas, académicos y curiosos, se sentó con las manos sobre los muslos, sin importarle que la bota derecha del pantalón se recogiera y dejara ver su pierna regordeta. Y así, a petición de la plana mayor de la prensa continental y durante una hora, el fundador del movimiento de los Tupamaros desplegó un discurso que por momentos recordó más las lecciones de un sabio de la tribu que las conferencias de colegas como Bill Clinton.

A continuación, los pasajes más interesantes de la charla de ‘Pepe’ Mujica, el insurgente amnistiado, el expresidente que promovió la idea de legalizar la producción y distribución de marihuana en Uruguay, y uno de los oradores más demandados del momento.

La política

Yo no soy liberal, voy más allá: soy un libertario.

La política no debería tomarse como una profesión. La política es una pasión creadora, de compromiso con la suerte de la sociedad. No precisamos que nos paguen mucho por ejercerla. Al que le guste demasiado la plata hay que correrlo de la política. El político debe vivir como vive la mayoría, no como la minoría.

Entonces, ¿la política debe ser puro desinterés? No. En ella hay bruto interés, pero interés de honor, de cariño, de respeto. Cuando te eligen para que los representes, uno tendría que pagar. El que no lo siente así, que no se meta en la política. O no lo metamos, porque este es un problema colectivo. Hay que elegir a la gente adecuada. Cuando no lo hacemos, matamos la confianza en la política, en los partidos. Y si no creemos en algo colectivo, ¿qué nos queda?

Reconozco que los partidos están enfermos. Y creo que hay muchas cosas que reformular en ellos para cuidar la democracia: las exigencias, las comisiones de control, la formación. Y que tengan aparato excretor, como tiene cualquier organismo vivo.

Los jóvenes no tienen la culpa. La culpa la tiene esta realidad, que no enamora. Los jóvenes necesitan enamorarse. Este mundo no convence, no conmueve. Para la muestra, los debates de Trump con la señora Clinton.

Yo no creo que a los jóvenes no les interese la política. Lo que no les interesa es nuestra política. Lo que rehúyen es la penitencia partidaria, la política en el sentido tradicional, pero manifiestan su interés político por otro lado, en organizaciones sociales, en manifestaciones, en la lucha de la solidaridad. Los políticos no saben que los seres humanos necesitamos creer en algo. Somos animales utópicos.

Marihuana y narcotráfico

Uno es el problema de la droga y otro, el narcotráfico, ojo. Recuerdo a don José Batlle y Ordóñez (presidente de Uruguay en dos periodos). Estoy hablando de la década de 1910. Me parece un tipo genial porque tuvo el coraje de reconocer el divorcio por voluntad de la mujer; porque inventó una universidad femenina para que las familias conservadoras mandaran a las nenas a estudiar; porque legalizó a las prostitutas, porque nacionalizó la producción de alcohol de boca y no se le ocurrió la ley seca de Estados Unidos. Esas y tantas otras cosas significan una actitud: la realidad que es fea es también realidad. La tengo que enfrentar y tratar de aminorar el costo que puede tener. Si la quiero tapar es peor. Esta fue la actitud que asumimos frente al narcotráfico.

En Uruguay, uno de cada tres presos es por droga, directa o indirectamente. Hace muchos años que veníamos reprimiendo y cada vez había más droga.

No puedo meter preso a un muchacho de 18 años por fumar un cigarro de marihuana. Ahora, si estás de la mañana a la noche queriendo fumar, te tenés que internar. Pero si lo mantengo en el mundo ilegal, ni siquiera lo puedo detectar y atender a tiempo.

Peor que el que fuma es el traficante, que arregla sus asuntos a tiros. En mi país apareció el ajuste de cuentas, que no existía. La irrupción del narcotráfico embruteció a toda la sociedad. Significó pulverizar todo, hasta los códigos de la delincuencia; fue como una degradación dentro de la degradación. Desaparecieron los valores: plata o plomo.

Una vez un militar me dijo: “No nos vayan a meter nunca en una larga guerra con el narcotráfico, porque lo que no resiste ningún ejército del mundo son los granadazos de 100 dólares”.

Este es un fenómeno de mercado: mientras (los narcotraficantes) tengan el monopolio, estamos condenados. Entonces, me planteé: si quieres cambiar algo, no puedes seguir haciendo lo mismo. ¿Significa eso legalizar la droga? No, significa sacarla de la sombra, eliminar la clandestinidad y regular ese mercado. ¿Esto quiere decir que estamos de acuerdo con la marihuana? No. Yo personalmente nunca la fumé. Pero soy pecador: he fumado cigarros como una chimenea, y del chupe no digo nada (carcajada general). ¿Que es bueno? ¡Qué va a ser bueno! Es horrible, pero los hombres tenemos esas cosas.

La humanidad, a los tumbos, va para ese lado, porque lleva 80 años reprimiendo y eso no dio ningún resultado.

Y hay otra cosa: entender a los jóvenes. Cuando usted le dice a un muchacho: “Esto está prohibido”, enciende la mecha para que lo haga, porque a los seres humanos nos atrae todo lo que es prohibido y misterioso. Pero claro, en general las medidas las toman los viejos, que se olvidan de que fueron jóvenes.

Yo quiero ser un viejo joven (aplausos).

La paz de Colombia

Quisiera que todos tuviéramos una lectura profunda, histórica, de lo que pasa en Colombia. Es un fenómeno tan trágico que merece respeto, para aprender y para transmitir a las nuevas generaciones.

El proceso colombiano es una gigantesca intolerancia en su origen, cuando el líder de un partido liberal, preocupado por la pobreza, se enfrenta a un grupo oligárquico y lo matan. Me estoy refiriendo a (Jorge Eliécer) Gaitán, año 48, y a todo lo que significó el ‘Bogotazo’.

Aquellos barros trajeron estos lodos, porque se siguió con la política de represión. ‘Marulanda’ no era otra cosa que un muchacho liberal, que disparó con otros por su vida, refugiándose en la geografía. Hicieron una especie de colonia en un lugar que se llamó Marquetalia. Los persiguieron hasta ahí y murieron varios. Ante esa derrota decidieron que no podían ser más un movimiento político y que había que construir un ejército. Ese es el origen de las Farc.

Desde luego, después vino la Guerra Fría y todo lo demás, pero aquella intolerancia provocó esto. Ahora bien, en cincuenta y pico de años de guerra ni la guerrilla llegó a la ciudad y al poder, ni las autoridades llegaron al fondo de la selva.

(También: ‘Nada vale tanto como la paz’, dice el expresidente Mujica en Medellín)

Desde que el mundo es mundo, la guerra se termina por dos caminos: un triunfo militar claro de alguien o una negociación. En este caso, negociar me pareció lo más racional. La guerra no puede ser un proyecto de país.

Hay economistas que valoran que el costo global de los cincuenta y pico años de guerra equivale a cuatro planes Marshall, al menos. Colombia es un país desquiciado por la guerra: tiene alrededor de 22 millones de trabajadores, de los cuales con suerte se jubilará un millón; 60 por ciento de la tierra no tiene título de propiedad; hay 12 millones de campesinos pobres, muchos de los cuales son plantadores de coca por razones económicas, porque plantar porotos (fríjoles) y maíz a 50 kilómetros de un camino no da ni para comer. En cambio, una bolsa de hoja de coca se las pagan de contado. Hay una autodefensa económica, lo que quiere decir que eliminar la coca significa enfrentar el problema de la pobreza de esos 12 millones de campesinos. En un país riquísimo.

Colombia es una contradicción con patas y ninguna de esas contradicciones se puede enfrentar en guerra.

Desde luego que 50 años de conflicto han dejado mucho dolor y deudas, mucha angustia, y eso crea una contradicción en toda sociedad. Recordemos el drama de Mandela: se peleó hasta con la mujer porque le exigían que no tuviera la bonhomía que tuvo. Él planteó: esta no es solo una lucha por la liberación de los oprimidos. Es, además, la lucha por los opresores.

Yo anduve con una pistola al cinto durante años y tengo unos cuantos plomos en el cuerpo. Cuando usted enfrenta el problema de la guerra, tiene siempre una contradicción alrededor de justicia, verdad y futuro. Si usted les dice (a los guerrilleros) que los quiere meter presos, se le van pa’l monte. ¿Dónde vio gente racional que acepte que la metan presa mansita?

Aplaudo (el acuerdo) y trataré de ayudar en lo que pueda. El de Colombia es un drama americano. Si logramos que esa guerra se acabe, seremos el único continente en paz. No es poca cosa.

El hombre no ha salido de la prehistoria. Todavía gastamos dos millones de dólares por minuto en presupuesto militar en el mundo. Nunca se olviden de esta cifra. Si pudiéramos reducirla a la mitad, mire la plata que nos quedaría para enfrentar la pobreza, el problema del agua en África subsahariana, en fin.

Los que crean, recen por la paz de Colombia (aplausos).

La lectura en papel se mantendrá como una exquisitez, pronostica

Los periodistas tienen una situación complicada en todas partes, porque sus críticas duelen –dice Mujica–. Y cuanto más tensionada está la realidad, más duelen. Está bien que al Gobierno lo critiquen y el Gobierno se tiene que acostumbrar, como parte del control que debe existir. La crítica que nos hace la prensa la necesitamos como un acicate.

El periodismo escrito tiene una crisis con la era digital. Y creo que, inevitablemente, los medios que van a subsistir son los que tengan mucha realidad y sean muy representativos de toda la sociedad. Los periódicos más audaces, que honradamente tengan su página de izquierda, su página de derecha y su página de centro, y hasta que polemicen entre ellas, aquellos en los que toda la sociedad esté involucrada, esos van a vivir. ¿Saben qué televisión estoy mirando? La Deutsche Welle (alemana) y la BBC (británica), porque les dan palo a sus propios Gobiernos y a todo, tienen independencia y quieren transmitirnos la verdad, siempre contradictoria. Nunca conviene ser muy oficialista.

Las sociedades van a ser cada vez más conflictivas y más cultas. Seguramente mucho del periodismo escrito va a pasar al digital, pero la lectura en papel no va a desaparecer. Se mantendrá como una exquisitez para un público que tal vez no sea masivo pero va a ser de calidad.

BERNARDO BEJARANO
berbej@eltiempo.com
Ciudad de México.

Fuente: http://www.eltiempo.com/mundo/latinoamerica/colombia-es-una-contradiccion-con-patas-mujica/16738352